Hijos del átomo: de Godzilla a los X-Men


“Los niños, nacidos satisfactoriamente”. Ese fue el telegrama que recibió el presidente estadounidense Harry Truman el 16 de julio de 1945 mientras se encontraba en Alemania preparando la Conferencia de Potsdam. “Los niños” eran la bomba atómica, detonada con éxito en el desierto de Nuevo México como culminación del Proyecto Manhattan. Tres semanas después, estos “hijos del átomo” eran arrojados sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, devastándolas por completo. Había nacido la era atómica.

La noticia de esta poderosa arma fue recibida con triunfalismo por la sociedad estadounidense. Las bombas habían servido para acelerar la victoria en la guerra contra Japón (las imágenes de los efectos de las explosiones sobre la población civil no se hicieron públicas hasta años después) y para alimentar las esperanzas sobre un futuro más seguro gracias al efecto disuasorio que el monopolio de esta tecnología proporcionaba.

Anuncio de Psychiana, una secta del movimiento Nuevo Pensamiento, publicado en 1946. 

Terceros

Además, la energía nuclear, promocionada desde el gobierno como una tecnología limpia y segura, era percibida como un recurso energético innovador e ilimitado que ofrecía infinitas posibilidades para su aplicación con fines pacíficos. La imagen del hongo atómico –reclamo publicitario en multitud de productos de consumo– no tardó en convertirse en un icono pop.

Sin embargo, este optimismo no duraría mucho. El 29 de agosto de 1949, la Unión Soviética detonó su propia bomba atómica. Comenzó así una carrera armamentística cuyas consecuencias, en caso de confrontación, se adivinaban apocalípticas. Una pugna que implicó la realización de decenas de ensayos nucleares a cielo abierto y a la que sumarían otras naciones como el Reino Unido (1952), Francia (1960) o China (1964).


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La guerra de Corea (1950-1953), donde Estados Unidos barajó la posibilidad de atacar a China con armamento nuclear, y el desarrollo de las bombas termonucleares a partir de 1952, mucho más potentes que las primeras, incrementaron aún más el temor de la sociedad a que se produjera un holocausto nuclear. De la noche a la mañana, la población estadounidense se vio realizando simulacros para actuar en caso de bombardeo atómico y construyendo refugios nucleares.

Por otra parte, en esa misma época, en 1953, científicos de la Universidad de Cambridge hicieron un descubrimiento capital en la historia de la biología: la estructura de doble hélice del ADN. Este conocimiento permitió profundizar en el estudio sobre los efectos mutagenéticos de la radiación en los seres humanos y comprender mejor el daño que esta podía causar en la estructura química de las células.


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La energía nuclear, por tanto, ya no parecía tan limpia y segura como se aseguraba al finalizar la guerra. No es casualidad que, ese mismo año, el presidente Dwight Eisenhower pronunciara ante la ONU su célebre discurso Átomos para la paz, en el que alertó al mundo sobre la amenaza soviética y las consecuencias de una guerra nuclear, además de defender el uso civil, “para la paz”, de la energía atómica.

Superhéroes “radiactivos”

El miedo a un ataque nuclear y a las alteraciones genéticas que podía causar la radiación estimuló la imaginación de los creadores alrededor del tema de la mutación. Aunque, desde el gobierno estadounidense, se presionó a los grandes medios para que transmitieran mensajes tranquilizadores a la población sobre los efectos de las armas atómicas (como en el especial televisivo Nuestro amigo el átomo, producido por Walt Disney), en las novelas de bolsillo, las revistas, los tebeos o el cine de serie B, considerados simples distracciones para adolescentes, se vieron reflejadas esas inquietudes.

Los primeros ejemplos se dieron en la literatura de ciencia ficción. Revistas emblemáticas como Amazing Stories o Astounding Science Fiction y novelas como Children of the Atom (Wilmar H. Shiras, 1953) o Las crisálidas (John Wyndham, 1955) presentaban a personajes mutantes, poseedores de capacidades sobrehumanas (habitualmente telepatía), producto de la radiación tras una explosión nuclear.

La novela de Shiras se considera un precedente de los cómics Patrulla-X, creados por Stan Lee y Jack Kirby para Marvel en 1963. Los X-Men eran llamados “hijos del átomo”, ya que, aunque sus creadores no lo hicieran explícito, en las historietas se insinúa que el célebre Gen X se activó como consecuencia de la radiación emitida por las pruebas nucleares realizadas en la década anterior. En el caso del personaje de Bestia, uno de los miembros fundadores de la Patrulla-X, no había dudas, ya que era hijo de un empleado de una central nuclear que estuvo expuesto a niveles de radiación muy intensos.


La radiactividad fue la excusa dramática favorita de Stan Lee para justificar los superpoderes de sus personajes. El sentimiento de preocupación por los efectos de la radiactividad en caso de ataque nuclear fue utilizado por el escritor en sus primeras creaciones. Los astronautas de Los Cuatro Fantásticos (1961) adquirían sus habilidades después de atravesar una tormenta de radiación cósmica mientras realizaban un vuelo experimental.

El científico Bruce Banner mutará en Hulk (El increíble Hulk, 1962) a causa de los efectos de la explosión de una bomba desarrollada por él mismo. El estudiante de ciencias Peter Parker obtendrá sus poderes arácnidos (Spider-Man, 1962) tras ser picado por una araña radiactiva. Y el adolescente Matt Murdock se transformará en un superhéroe ciego (Daredevil, 1964) tras entrar en contacto, por accidente, con un residuo radiactivo.


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Estos superhéroes nacidos del átomo –a los que se pueden añadir otros como el protagonista del cómic precursor Atomic-Man (1945), el personaje de Negative Man (1963), de DC Comics, o el dibujo animado La hormiga atómica (1963)– transmitían una visión ambivalente sobre los efectos de la radiación en la biología humana. Las mutaciones los habían convertido en monstruos (muy evidente en el caso de Hulk), pero también en prodigios con habilidades sobrehumanas.

Parafraseando a Spider-Man, poseían unos superpoderes que conllevaban una gran responsabilidad. No es difícil establecer un paralelismo entre estos superpoderes y la “superpoderosa” bomba atómica. Como dijo Truman en su discurso posterior al ataque sobre Hiroshima: “[La bomba] es una enorme responsabilidad que ha recaído sobre nosotros. Agradecemos a Dios que haya recaído sobre nosotros en vez de sobre nuestros enemigos. Y rezamos para que Él nos guíe para utilizarla a Su manera y para Sus propósitos”.

Las pesadillas de la realidad

A diferencia de los tebeos, cuyos contenidos estaban sujetos a un estricto control moral por parte del organismo Comics Code Authority, dado que se dirigían principalmente a menores de edad, en el cine de ciencia ficción, el tema de las mutaciones causadas por la radiactividad adquirió una forma más terrorífica y sus discursos, un tono más apocalíptico. La radiación no originaba superhéroes, sino monstruos, horrores de la naturaleza que podían ser leídos como metáforas hiperbólicas sobre la amenaza nuclear.

En El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), un hombre se ve envuelto en una extraña nube radioactiva mientras navega en una lancha. A partir de ese momento sufrirá una progresiva disminución de su tamaño, con consecuencias pesadillescas.

El guion de Richard Matheson, figura clave del género fantástico, remite a un suceso real: el incidente del Daigo Fukuryu Maru, un barco pesquero japonés que en 1954 fue alcanzado por una nube radiactiva causada por una bomba de hidrógeno, detonada por el gobierno estadounidense en el atolón Bikini, a pesar de encontrarse a más de setenta kilómetros de la zona de peligro. Los veintitrés tripulantes sufrieron los efectos de la contaminación y uno de ellos murió meses después.

Un médico mide la radiactividad en el cabello de un miembro de la tripulación del Daigo Fukuryu Maru en 1954.

Un médico mide la radiactividad en el cabello de un miembro de la tripulación del Daigo Fukuryu Maru en 1954.

Dominio público

El éxito de este filme animó la producción del díptico El asombroso hombre creciente (1957) y La guerra de la bestia gigante (1958), los dos dirigidos por Bert I. Gordon, donde se daba el proceso inverso. El protagonista, un coronel del ejército estadounidense, aumentará su tamaño progresivamente tras exponerse por accidente a las radiaciones de una prueba nuclear.

En otros casos, como La criatura con el cerebro atómico (Edward L. Cahn, 1955), el poder de la radiactividad será utilizado por un “mad doctor” para revivir a los muertos y crear un ejército de zombis. Una idea que anticipa al clásico La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), donde los muertos salen de sus tumbas a causa de la radiación emitida por un satélite.

La naturaleza se rebela

El productor y guionista Ted Sherdeman, quien había servido como oficial a las órdenes del general MacArthur durante la Segunda Guerra Mundial, era un firme opositor a las armas atómicas. No es de extrañar que fuera el autor del libreto de una de las alegorías más explícitamente antinucleares de la época. En La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), los ensayos nucleares realizados por el gobierno en el desierto de Nuevo México son el origen de una mutación que provoca que las hormigas alcancen dimensiones gigantescas.

A diferencia de otros filmes del mismo período, que relacionan el peligro nuclear con la amenaza comunista, en Them! (título original), se señala directamente a la prueba Trinity, el ensayo que alumbró a los “niños” del mensaje de Truman, como la fuente primigenia de la catástrofe. La conversación final no deja lugar a dudas: “Si estos monstruos fueron el resultado de la primera bomba atómica de 1945, ¿qué puede ocurrir con las que han hecho explosión desde entonces?”.

De nuevo, el éxito de esta película –unido a la repercusión que tuvo también El monstruo de los tiempos remotos (Eugène Lourié, 1953), donde un dinosaurio volvía a la vida tras un experimento nuclear– provocó una marabunta de títulos protagonizados por colosales criaturas atómicas: pulpos en Surgió del fondo del mar (Bobby Gordon, 1955), crustáceos en El ataque de los cangrejos gigantes (Roger Corman 1957), avispas en Monster from Green Hell (Kenneth G. Crane, 1957) y una variada fauna mutante en el postapocalíptico El día del fin del mundo (Roger Corman, 1955).

Godzilla, rey del género

Pero, sin duda, el monstruo más representativo de esta tendencia fue el japonés Godzilla. Inspirado directamente en la película de Lourié (adaptación, a su vez, de un relato de Ray Bradbury), Godzilla. Japón bajo el terror del monstruo (Ishiro Honda, 1954) supuso una suerte de catarsis nacional para el pueblo japonés de posguerra, la materialización alegórica de los miedos acumulados en su conciencia tras la destrucción provocada por el ataque nuclear, la humillante derrota contra EE. UU. y la ocupación del país, finalizada solo dos años antes.

Godzilla, mito fundacional del popular subgénero kaiju eiga (el equivalente nipón a las hollywoodenses monster movies), nació de las pruebas nucleares del Pacífico. Su origen remite también al suceso del pesquero Daigo Fukuryu Maru. El gigantesco saurio mutante, cuya piel rugosa recuerda a las quemaduras provocadas por la radiación, emerge del océano contaminado, dispuesto a sembrar el pánico en las calles de Tokio como hicieron los bombarderos en 1945.


En ese sentido, el filme funciona como una fábula antinuclear y ecologista de inequívoco mensaje pacifista: “Los hombres inventarán otras armas, las cuales despertarán otros monstruos”, afirma el personaje del doctor Yamane en su reflexión final.

Este discurso fue significativamente modificado en su versión norteamericana. En efecto, se hizo otro montaje de la película en Los Ángeles, desechando parte del metraje original y añadiendo otro rodado para la ocasión. 

El resultado es Godzilla: King of the Monsters (1956), una mutación del filme original (fue la que se vio en todo el mundo), narrada desde el punto de vista de un personaje americano (un reportero encarnado por el actor Raymond Burr), donde apenas quedan referencias a los bombardeos de 1945, los ensayos nucleares de Bikini o el alegato antinuclear. De alegoría pacifista pasó a producto camp destinado al consumo rápido en autocines.

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