Shaquille O’Neal, la leyenda de Superman

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Dijo Emilio Butrageño, en referencia al Mundial de fútbol de México de 1986, que si Diego Armando Maradona hubiera formado parte de cualquiera de los equipos que llegó a los cuartos de final, ese habría sido el campeón. Es difícil encontrar un personaje y un deporte al que se pueda homologar una frase tan inequívoca como hipotética. Y sin embargo, la sensación de que Shaquille O’Neal ha protagonizado esa narrativa era casi objetiva en una época en la que, durante tres temporadas, dominó los tableros y los cielos, hizo de sus rivales meras sanguijuelas y consiguió unos números que rellenaban la ausencia de Michael Jordan en las Finales y que eran medievales por tiempo, anacrónicos por su ausencia en la modernidad del momento; feudales y para nada atemporales. Estadísticas que George Mikan o Wilt Chamberlain, esos pívots tan históricos como prehistóricos, habían llevado a las páginas de escrutinios y recuentos que solo podemos ver en papel por no existir casi imágenes en la televisión.

Pocas veces alguien ha protagonizado ese tipo de dominio, una palabra inherente al pívot, que le ha acompañado durante toda su carrera y una vez la misma ha finalizado. Nadie se ha girado de esa forma hacia la canasta y ha machacado por encima de cualquiera de esos rivales que, en un videojuego o en una realidad paralela, eran teóricamente capaces de defenderle. Dikembe Mutombo, Ben Wallace, David Robinson, Yao Ming, Vlade Divac, Chris Webber, Tim Duncan, Kevin Garnett, Patrick Ewing… todos han cedido ante el extraordinario pívot, al que solo se le resistió uno de los magos más grandes que ha habido, en un clínic que formó parte de un enfrentamiento que a Shaq le llegó demasiado pronto y a su rival, ese ser de otra dimensión llamado Hakeem Olajuwon, en un prime que le duraba ya casi una década y que explotó con el segundo anillo de los Rockets. Ese del “nunca subestimes el corazón de un campeón” de Rudy Tomjanovich, una frase que se grabó a fuego en la memoria de los aficionados y que potenció la posterior mejora de O’Neal, que acabó ganando los anillos que se le resistieron entonces.

Encuentros y desencuentros

Cierto día del verano de 1999, Shaq se presentó en la casa que tenía en Montana Phil Jackson. El técnico, con una reputación intachable y ya seis anillos a sus espaldas (todos con los Bulls), se había hartado de definir al anillo de los Spurs como “el anillo del asterisco (Popovich jamás se lo perdonó), disfrutaba de sus últimos meses de sabatismo y ya había llegado a un acuerdo con los Lakers para prometer, en su presentación, tres o cuatro anillos a Jerry Buss. Jackson estaba en su guarida veraniega, donde se retiraba a descansar del baloncesto y los focos que le acompañaban, con su hija Chelsea, recién escayolada, a la que cuidaba junto al novio de ella, su hijo Ben y su exmujer, June, con la que tenía una gran relación. El Maestro Zen no estaba en casa cuando se presentó Shaq, por lo que June le hizo pasar. Cuando llegó, el pívot estaba saltando en una cama elástica junto al lago, lo que causó sensación en el barrio. La cosa no se quedó ahí: al percatarse de la atención que estaba creando, se puso a dar volteretas en el muelle y culminó su espectáculo con un paseo en moto acuática.

Hakeem Olajuwon dio todo un clínic ante Shaquille en las Finales de 1995, que los Rockets ganaron de paliza: 4-0.


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Hakeem Olajuwon dio todo un clínic ante Shaquille en las Finales de 1995, que los Rockets ganaron de paliza: 4-0.

Tras la exhibición, Shaq ayudó a Jackson a mover un enorme árbol caído tras una tormenta, asombrando a su ya técnico por su fuerza y habilidades físicas. Solo entonces, Jackson interrogó al pívot de forma tranquila y éste le dijo eso de que “seguro que nos divertimos un montón”. Demostrada la esencia de O’Neal, la diversión, llegó el turno de Jackson. “¿Qué pasa con Kobe?”. Parecía que Shaq no iba a responder, pero el entrenador aguantó estoicamente el silencio del pívot, a sabiendas de que todo lo que se prolongara jugaba a su favor. Fue entonces cuando el center habló por primera vez de sus problemas con el escolta, su supuesto egoísmo, el narcisismo que le acompañaba o lo poco que pasaba el balón. Phil Jackson, en su eterna sabiduría, había intuido sin estar presente la reticencia que había entre ambas estrellas, una consolidada y la otra emergente. Y ya tenía la primera dosis de información para vislumbrar el objetivo que le conduciría al éxito: la paz entre Shaq y Kobe. Todo lo que durara esa asociación se transformaría en anillos. Y tanto duró el respeto mutuo, que se conformó entonces una de las mayores dinastías de la historia.

Eso sí, antes de encontrarse con Kobe en Los Ángeles, Shaq había pasado una infancia ligeramente dura en la que se habían forjado las partes más importantes de su carácter. Nació en Newark, Nueva Jersey, donde estuvo alejado de su padre biológico, Joseph Toney, que luchaba contra su adicción a las drogas y fue encarcelado por falsificar cheques cuando su hijo era apenas un niño. Tras la condena, Toney no se ocupó de su hijo y estuvo de acuerdo en que su sitio lo ocupara el padrastro de O’Neal, Phillip A. Harrison, un sargento del ejército al que Shaq siempre ha considerado su padre y que ejerció una enorme influencia en él. O’Neal pasó un tiempo en Wildflecken, Alemania, en la base que allí tenía el Ejército de Estados Unidos y desarrolló, al lado de Harrison, un gran respeto a las figuras masculinas de autoridad, algo clave en su relación con Phil Jackson, al que siempre tuvo en alta consideración.

O’Neal pasó mucho tiempo sin hablarse con Toney o de reconocerle como parte de su vida. En 1994, cuando ya militaba en los Magic, hizo una incursión por el mundo del rap en el que dedicó una canción a este caso, Biological Didn´t Bother (lo biológico no importa), en la que asegura de forma literal que “Phil es mi padre”. Shaq fue cuestionado en varias ocasiones sobre su padre, pero aseguró que los intentos de éste por mostrarse arrepentido estaban dirigidos a conseguir dinero y fama. “Ese hombre no existe para mí”, dijo tras ganar el anillo de 2002 ante los Nets, en su Nueva Jersey natal. Por entonces, se informó que Toney vivía y trabajaba en una iglesia de Newark ubicada a 15 minutos del Continental Airlines Arena, pabellón de los Nets. Poco le importó al pívot. En sus fotos tras sus repetidos éxitos, además de sus cuatro hijos (Shareef, Amirah, Shaqir y Me’arah), fruto de su matrimonio con Shaunie Nelson (con la que estuvo casado de 2002 a 2009), aparecen su madre, Lucile, y Harrison. En su biografía Shaq Uncut: My Story, publicada en 2011 y escrita por Jackie MacMullan, el jugador reveló maltratos por parte de Harrison, del que su madre se acabó divorciando. Sin embargo, el center le justificó: “Shaq me dijo que nunca le golpeaba sin razón y que si no hubiera sido por él, ahora mismo estaría en la cárcel. Su padre le apartó de las malas compañías y por ello Shaquille entiende lo que hizo. Aunque, eso sí, matiza que el nunca haría lo mismo con sus hijos“.

Finalmente, la actitud de Shaq hacia Toney se suavizó a partir de 2013, tras la muerte de Harrison. Sin su figura paterna habitual, O’Neal dio el paso a la reconciliación y se encontró con su padre en marzo de 2016, cuando ambos se conocieron por primera vez. Fue ahí cuando Shaq expresó sus sentimientos hacia su creador, con el que mantiene una relación no especialmente cercana hoy en día, pero sí existente y radicalmente distinta a la que tuvo en la mayor parte de su vida. “No te odio”, le dijo Shaq. “Tuve una buena vida”.

De Luisiana a Orlando: se forja la leyenda

Shaquille provenía de una familia de gente alta: su padre biológico medía 1,85 y su madre llegaba a 1,88. A los 13 años, O’Neal se iba ya a 1,98; a los 16, medía 2,06. En su etapa como profesional, el Shaq que conocimos era de 2,16, una cifra que, unida a su corpulento cuerpo, le permitieron dominar los aros de la competición. Antes de todo eso, claro, el jugador cambió la base militar de Alemania por una en Texas siguiendo a su padrastro. Shaq comenzó a jugar baloncesto en la escuela secundaria Robert G. Cole, donde ya demostró que estaba comprometido con la historia: llevó a su equipo a un récord de 68-1 durante dos años y participó en la victoria del campeonato estatal durante su último curso. Sus 791 rebotes durante la temporada de 1989 siguen siendo un récord estatal para un jugador en cualquier tipo de clasificación y una cifra inédita en los libros de historia. Durante esta primera etapa, la tendencia de O’Neal a hacer tiros de gancho le valió comparaciones con Kareem Abdul-Jabbar, lo que lo inspiró a usar el mismo número de camiseta que el legendario pívot, el número 33, que fue cambiando durante toda su carrera por diversos motivos.

Shaquille O'Neal tuvo un gran carrera universitaria.


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Shaquille O’Neal tuvo un gran carrera universitaria.

Después de graduarse de la escuela secundaria, O’Neal estudió Administración de Empresas en la Universidad Estatal de Luisiana (LSU). En los Tigers estaba Dale Brown, al que había conocido en Europa gracias a los ya mencionados destinos diferentes a los que tuvo que trasladarse su padrastro. Mientras jugaba para Brown en Luisiana, Shaq fue dos veces All-American, dos veces Jugador del año de la SEC y recibió el Trofeo Adolph Rupp como jugador de baloncesto masculino del año de la NCAA en 1991. En su tercer año lideró la NCAA en tapones (5.3 por partido) y abandonó la Universidad como el máximo taponador de la historia de los Tigers, convirtiéndose en el primer jugador que lidera la Southeastern Conference en rebotes durante tres años consecutivos desde, ojo, Charles Barkley. El pívot abandonó pronto el Collegue para iniciar su carrera en la NBA, pero eso no impidió que fuera incluido en el Salón de la Fama de Luisiana y que le erigieran su gran estatua: de bronce, de 900 libras (410 kg), y frente a las instalaciones de práctica de baloncesto. No fue la única que se levantó en su honor: tiene otra en el Staples Center junto a la de Kobe Bryant.

A pesar de ser una estrella universitaria y que todas las apuestas coincidían en concederle el número 1 del draft Shaq no fue incluido en el Dream Team de Barcelona, en 1992. El equipo norteamericano volvió a juntar a todas sus estrellas tras el fracaso de 1988 (bronce tras perder contra la Unión Soviética en semifinales) y renunció a jugadores universitarios, aunque se quiso incluir a uno dentro de la plantilla. El elegido fue Christian Laettner en una decisión polémica y a la postre pésima para el jugador, que siempre fue señalado por la opinión pública al ir por delante de O’Neal a dichos Juegos. Laettner es considerado una de los mejores jugadores universitarios de la historia y no tuvo una mala carrera en la NBA (12,8 puntos de promedio y un All Star), pero sí objetivamente peor que la de Shaq.

O’Neal cumplió los pronósticos, fue número 1 del draft y aterrizó en una franquicia joven como los Magic, que llegó a la NBA en la expansión de 1989 junto a Timberwolves, Hornets y el otro gran equipo de Florida, Miami Heat, contra el que debutó Shaquille. Lo hizo con 12 puntos y 18 rebotes, pero perdiendo 8 balones. En su tercer partido, Shaq se fue a 35+13 rebotes; en el siguiente, 31+21, con 4 tapones. El pívot tuvo una presencia inmediata en la Liga, con 11 dobles-dobles en sus primeros 11 partidos (8-3 para los Magic), promediando 23,4 puntos, 13,9 rebotes y 3,5 tapones por noche y siendo seleccionado para el All Star, además de ganar el premio al Rookie del Año. Pero los Magic no alcanzaron los playoffs, empatando con los Pacers, octavos, en récord (41-41) y Matt Goukas fue despedido del puesto de entrenador, llegando Brian Hill al banquillo.

Los Magic fueron el primer equipo de Shaquille O'Neal en la NBA.


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Los Magic fueron el primer equipo de Shaquille O’Neal en la NBA.

O´Neal mejoró con Hill, pero el técnico se dedicó a desarrollar sus virtudes sin corregir sus pocos defectos. El pívot se fue a más de 29 puntos por partido en su segunda temporada, en la que llegó a 65 dobles-dobles, igual que en su año rookie. Y disputó sus primeros playoffs, con derrota ante Indiana. Pero, desde entonces, bajó su número de rebotes, empezó a llegar a las pretemporadas pasado de peso y su indolencia defensiva en varias partes del curso provocó algunas críticas hacia su persona. Sus hábitos de alimentación, unidos a su a veces cuestionada ética de trabajos, provocaron, en el futuro, que su carrera decayera antes de tiempo. Pero a principios de los 90, a Shaq le bastaba su imponente físico para hacer maravillas: Máximo Anotador en 1995, y líder de un equipo que llegó a las Finales ese mismo año. Eso sí, Olajuwon ejerció el ya mencionado clínic ante Shaq, con una sabiduría extraordinaria y tras jugar contra equipos de más de 50 victorias en todos los playoffs, a los que llegaron como quintos clasificados, Hakeem lideró a los Rockets a su segundo anillo consecutivo con casi 33 puntos, 11,5 rebotes y 5,5 asistencias de promedio. Shaq, en su primera cita con la historia, no hizo malos números (28+12,5+6), pero perdió más de 5 balones por noche y se vio superado en los duelos individuales por su homólogo en el equipo rival. Y los Magic, que jamás habían llegado tan lejos, no volvieron a las Finales hasta 2009, con otro pívot (Dwight Howard),distinto rival (los Lakers) pero idéntico resultado.

El sweep dejó muy tocado a O’Neal, que reconoció la superioridad de Hakeem y declaró que aquella fue una de las dos veces en su vida que lloró, tras la muerte de su abuela. Su padre utilizó el militarismo que ejercía como profesión para deslizar que igual no debería haber felicitado a Hakeem tras la victoria. De una forma u otra, hasta ahí llegó la etapa de Shaq con los Magic, por mucho que aguantara un año más en el equipo. Los problemas con Hardaway (más de 25 puntos por partido en las Finales ante los Rockets, con casi un 46% en triples) por ver quién era el líder se hicieron. Y los Magic, que habían conseguido 50 y 57 victorias los dos primeros años de Brian Hill, se fueron a 60 ese curso. Pero se cruzaron con los Bulls del 72-10 en las finales del Este (a los que habían eliminado el año anterior) y dijeron adiós con otro 4-0 tan doloroso como inequívoco. La oportunidad había pasado, Shaq se perdió 28 partidos por lesión, bajó a 26,6 puntos por noche y quedó relegado al Tercer Mejor Quinteto mientras Hardaway aprovechaba su ausencia para hacerse con el liderato del equipo. Shaq quería salir de Florida y esperó a ser agente libre para firmar por los Lakers, con los que llegó a un acuerdo de siete años a razón de 122 millones de dólares. Su nueva gran aventura.

Del héroe al superhéroe

La explosión de Shaq en los Lakers fue paulatina y no tuvo lugar del todo hasta que Phil Jackson aterrizó en California. El hombre que llegó a la ciudad de la luz para conquistar el mundo, había cambiado uno de los mercados más pequeños por uno de los más grandes. Claro que Shaq estaba ligeramente estancado, estadística y mentalmente, y había dado un pequeño paso hacia atrás y, en esos momentos, se parecía más a un pívot a medio camino que al hombre que amenazaba con dominar el mundo y había conseguido su primer triple-doble en su segunda temporada como profesional: 24 puntos, 28 rebotes y 15 tapones. Casi nada.

Shaquille llegó a los Lakers el mismo año que Kobe Bryant, elegido en el draft de ese año por obra y gracia de Jerry West y su mente privilegiada. También que Robert Horry, parte de esos Rockets que habían acabado con los sueños de los Magic en las Finales de 1995. Shaq se convirtió muy rápido en uno de los mejores jugadores de la Liga y enamoró al Forum con su juego. Las imágenes de un pívot de 2,16 capaz de hacer cosas tan distintas a sus coetáneos (Robinson, Ewing, el ya mencionado Hakeem…), provocaron los aplausos de Jack Nicholson, siempre rendido al pívot, y el jolgorio de la ciudad de Los Ángeles, con la parafernalia y la farándula en pie mientras el center atrapaba un rebote en defensa, recorría el campo entero botando y llegaba hasta el otro aro para machacar sin piedad. Jerry Buss volvía a tener entre sus manos a un diamante que brilló por su ausencia en la franquicia angelina desde el adiós anticipado de Magic Johnson en 1991, VIH mediante. Y pudo llevar al extremo esa idea que ayudó a revitalizar la NBA al mismo tiempo que los Lakers: crear estrellas en pista a base de acumularlas en las gradas, una idea que ejerció con maestría en el Forum y explotaría sin piedad en el Staples Center.

Phil Jackson fue una figura esencial en la carrera de Shaquille.


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Phil Jackson fue una figura esencial en la carrera de Shaquille.

Las eliminaciones en 1996, 1997 y 1998 fueron aleccionadoras para los Lakers, que conquistaron el anillo en los tres años siguientes con el recuerdo de la derrota. Los Jazz por partida doble y los emergentes Spurs se encargaron de privar a Shaq de la victoria en tres temporadas de buenos récords en regular season (56 y 61 victorias en los dos primeros cursos, con un 31-19 en la temporada del lockout), pero muy marcadas por las limitaciones del equipo y de su entrenador, un Del Harris que sirvió como impulsor pero no como ejecutor, y que fue despedido a mitad de la tercera de esas temporadas tras revigorizar al equipo desde 1994, cuando hizo un buen papel en una plantilla desmadejada sin Magic. Harris no supo gestionar el incipiente ego de Bryant, que ya en su primera temporada y con 18 años fue a su despacho a pedir más jugadas para él. Ni contentar a un O’Neal para el que centró el juego, pero que terminó exasperado con el técnico y asqueado con la permisividad que tenía hacia Kobe.

Shaq necesitó, como Jordan antes que él, a Phil Jackson para triunfar. El técnico llegaba en 1999 a cambio de 8 millones de dólares anuales, el mayor salario de un entrenador en la historia de la NBA por encima del sueldo que Pat Riley había percibido en Nueva York con los Knicks. Y prometiendo en su presentación 3 o 4 anillos a Jerry Buss, sorprendido por su descaro. El Maestro Zen también llegó con exigencias, que vio vio cumplidas casi en su totalidad, pero con una importante excepción, la de Scottie Pippen. Esto le enemistó con Jerry West, al que prohibió entrar en los vestuarios durante las charlas y que acabó abandonando la franquicia de su vida al finalizar la temporada, enfadado por los feos constantes que consideró haber recibido por parte de Buss, y sin estar jamás de acuerdo con el poder creciente que Jackson consiguió para su persona, incluida su relación sentimental con Jeannie, hija del dueño. Al margen de esto, West si consiguió perfiles del gusto de Jackson: Glenn Rice fue muy importante, Rick Fox aterrizaba para quedarse, A.C. Green y John Salley aportaron la experiencia y Ron Harper fue un pilar fundamental.

Y Shaquille explotó. Su ética de trabajo se multiplicó y nunca fue tan grande como esa temporada, su temporada. Los ánimos por la llegada del mesías se trasladaron a su actitud y no flaquearon ni cuando Mike Dunleavy, a inicios de curso, creó el Hack a Shaq (algo que no hizo Don Nelson, como muchos creen) y avergonzó a un pívot que siempre tuvo su punto débil en un arma que jamás dominó y que explotó en ese inicio de curso: 10 de 28 de forma combinada en los tres primeros duelos ante de otras actuaciones paupérrimas: 10 de 23 y 3 de 14 ante los Mavericks de sí, Don Nelson, 1 de 7, 2 de 14… Su récord de 0 de 11 fue en el siguiente curso y las piedras que lanzaba, como las describía Andrés Montes al lado de su inseparable Antoni Daimiel durante las retransmisiones, fueron también parte inherente a la carrera del jugador. Pero algo que no impidió elevarle a lo más alto, especialmente en la 1999-00: 29,7 puntos (segundo título de Máximo Anotador), 13,6 rebotes (segundo de la Liga), 3,8 asistencias y 3 tapones (tercero de la Liga). Con el tío Phil a su lado, Shaq duplicó su número de asistencias por partido, reboteó más y mejor (pasó de los 13 rebotes por tercera vez en su carrera, primera desde su año sophomore), lideró la NBA en tiros de campo por cuarta vez (por encima del 57%) y fue una estrella más sabia, completa y dominante en los dos lados de la pista, con un esfuerzo defensivo que no volvió a repetir. Mejor Quinteto de la NBA, Segundo Mejor Quinteto Defensivo, MVP de la temporada, del All Star y de las Finales. Y primer anillo con la foto icónica con Kobe en el séptimo partido de las finales del Oeste y la irrupción del escolta en el quinto partido de las Finales ante los Pacers (y 36 puntos y 21 rebotes de Shaq). Tras 63 dobles-dobles en temporada regular (líder de la NBA), promedió más de 30 puntos y 15 rebotes en playoffs. 38+16,7 en las Finales, en las que superó tres veces los 40 puntos y otras tantas los 30. Y ahí llegó la palabra que mejor le ha descrito: dominante.

Shaq recibe el MVP de la temporada del año 2000.


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Shaq recibe el MVP de la temporada del año 2000.

En los dos años siguientes no hubo el mismo dominio en temporada regular, pero nadie pudo hacer frente a Shaq en las Finales. Promedió 28,7 puntos y 12,7 rebotes en la 2000-01, pero el MVP fue para un Allen Iverson que el año anterior impidió que el premio para Shaq fuera unánime (Fred Hickman, por entonces de la CNN, fue el único votante que no optó por el pívot para la primera plaza), algo que sí logró posteriormente Stephen Curry en 2016. Los Lakers, con muchas dudas en temporada regular, se fueron a 15-1 en playoffs, con el pívot y su inseparable compañero en un nivel superlativo: Kobe promedió 29,4 puntos, 7,3 rebotes y 6,1 asistencias; Shaq, 30,4+15,4+3,2. Además, el center se fue a 33+15,8+4,8 en las Finales ante los mejores Sixers del siglo XXI, y en segunda ronda ante los Kings fue el primer jugador de la historia en conseguir dos partidos consecutivos de más de 40 puntos y 20 rebotes en playoffs.

El three peat, último de la historia para alegría de un Pat Riley que patentó el término, sin conseguirlo, en los 80, se redondeó en 2002, tras una de las mejores series de la historia antes en las finales del Oeste ante los Kings. En las Finales, los Nets no tenían a ningún jugador para frenar al pívot, que se fue a 36,3 puntos, 12,3 rebotes y 3,8 asistencias, con caso el 60% en tiros de campo. El tercer MVP de las Finales le unía a Magic Johnson, un club al que se uniría posteriormente Tim Duncan y que superaría LeBron James, con Michael Jordan siempre por delante. En esos momentos, sus estadísticas estaban incluso por encima de las del propio His Airness, y el dominio mostrado se consideraba, siempre en algunos sectores muy concretos, superior al de la última gran estrella. Y nada ni nadie fue capaz de acercarse a Shaquille durante tres años de dominio en temporada regular, en playoffs y especialmente en Finales.

En las tres Finales, O’Neal promedió de forma combinada 35,8 puntos, 15,2 rebotes, 3,2 asistencias, 0,6 asistencias y casi 3 tapones. Disputó 15 partidos en dichas Finales en los que superó siempre los 20 puntos, siendo su menor anotación los 28 del segundo partido de las Finales, ante los Sixers. En 5 ocasiones se fue por encima de los 40 puntos y supero los 30 en todos los partidos excepto en dos. Además, sumó 4 choques de más de 20 rebotes (un máximo de 24) sin bajar nunca de los 10 y hasta 4 veces se fue por encima de las 5 asistencias. Ante los Sixers, también en el segundo partido, rozó el cuádruple-doble (28+20+9+8) y estableció el récord de las Finales en tapones con 8. Y fue el líder anotador del equipo en 13 de los 15 encuentros disputados. Tres actuaciones legendarias en tres Finales distintas que supusieron su el prime, el culmen y el clímax del último pívot clásico que ha visto una NBA que hoy sigue teniendo extraordinarios jugadores en esa posición (Nikola Jokic, Joel Embiid…), pero que juegan de una manera, claro, radicalmente distinta. En consonancia, obviamente, al estilo actual muy alejado del de entonces. En ese entonces emergió Shaquille, que contaba con la música de Superman en el Staples, inaugurado en 1999 y que vio tres anillos en sus tres primeros años, cada vez que el pívot hacía uno de sus espectaculares mates. Algo habitual.

Último anillo y declive

O’Neal vivió su último gran momento de gloria de nuevo en Florida, pero esta vez en Miami. Shaquille llegaba a la franquicia hermana de los Magic, a los que había llevado con mucho mérito a las Finales en tan solo su sexto año de existencia. Y los Heat, a los 18 años de vida, conquistarían el título en 2006, una prueba de que la NBA hacía bueno el funcionamiento del sistema en el que se mueve este espectáculo era el correcto. Antes, en 2004, Shaq era traspasado de Lakers a Heat y aterrizaba en Miami para rozar un segundo MVP que nunca llegó. La Liga se movió en años menores respecto a explosión individual y el pívot perdió una de las votaciones más ajustadas que se recuerdan con estadísticas muy inferiores a las del 2000 (22,9+10,4+2,7, con más de 2 tapones por noche), pero todavía buenas. El premio lo ganó Steve Nash que no contó con estadísticas despampanantes pero sí lideró la revolución de los Suns y el Seven Seconds or Less que permitió a la NBA volver a ver algo parecido al Showtime de los Lakers de los 80, un estilo que permitía a la competición presumir del juego más cautivador del planeta, uno que se había perdido en unos 90 directamente herederos de los Bad Boys de Detroit, y no de la magia de Magic Johson.

Shaq fue el líder ese año, pero ya no era el máximo anotador, un honor que correspondió a Wade de ahí en adelante y que Kobe Bryant había pasado a ocupar en las dos últimas temporadas que el dúo compartió en Los Ángeles. Pero le hizo la vida imposible a Stan Van Gundy, un entrenador al alza que había llegado para sustituir a Pat Riley tras un arduo trabajo y una lealtad ciega. Las burlas eran constantes, el respeto muy pequeño y las comparaciones que el pívot hacía de su entrenador y Ron Jeremy, un conocido actor porno con el que compartía ese físico bonachón y con sobrepeso, sacaron de quicio a Stan. El intrusismo e intervencionismo de Riley acabó provocando el adiós del mayor de los Van Gundy empezada la temporada 2005-06, tras caer unos meses antes en las finales de Conferencia ante los Pistons (4-3), con Wade lesionado y una temporada de 59 victorias que le aupó al liderato del Este. Van Gundy se fue sin hacer ruido, como el ser extraordinariamente leal que siempre fue, y nunca criticó a Riley. Tampoco a Shaq, que al escapar del buen cobijo de Phil Jackson vio en toda comparativa una derrota y tampoco quedó contento con su nuevo entrenador. Pero una cosa es apuñalar por la espalda a Van Gundy, y otra hacer lo propio con un aura como la del hacedor del Showtime y una de las mentes más brillantes de la historia.

Shaquille O'Neal ganó su último anillo con Pat Riley de entrenador.


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Shaquille O’Neal ganó su último anillo con Pat Riley de entrenador.

Shaq calló, miró hacia otro lado de manera obligada y ganó un nuevo anillo, el de 2006, con Riley poniendo en sintonía a una de las mayores aglomeraciones de egos jamás vista (Jason Williams, Gary Payton, Udonis Haslem, Alonzo Mourning…). Y lo celebró sin pudor, a pesar de no ser ya protagonista: las lesiones le llevaron a disputar 59 partidos, aunque fue otra vez All Star y entró en el Mejor Quinteto, por última vez en su carrera. Promedió 20 puntos y 9,2 rebotes; 18,4+9,5 en playoffs (con un 30+20 en primera ronda ante los Bulls y un 28+16 ante los Pistons en las finales del Este). En las Finales cedió todo el protagonismo a Wade y su heroica actuación y se quedó en 13,7+10,2. Pero todo por un anillo, finalmente conseguido, el cuarto de su carrera y, a la postre, el último.

A partir de ahí, O’Neal se hundió en una vorágine de lesiones que le alejaron de la élite. Fue All Star por nombre y no por números en la 2006-07, y en ausencia de Wade lideró al equipo a playoffs. Al año siguiente, fue traspasado a los Suns, poniendo el freno al rápido y alegre estilo ideado por Mike D’Antoni y ralentizando el veloz contraataque del conjunto de Arizona. Experimentó una leve resurrección en la 2008-09, con más de 17 puntos y 8 rebotes por partido, su último All Star y 45 puntos y 11 rebotes a los Raptors, la última exhibición de su impoluta carrera. Eso sí, se quedó sin playoffs por primera vez desde su año rookie. La suerte también le fue esquiva en los Cavaliers, donde prometió un anillo para el Rey en su presentación y vivió en primera plana la eliminación ante los Celtics, a la postre el detonante de la despedida de LeBron James, que ejerció esa famosa y denostada The Decision tan solo unos meses después. El 11 de septiembre de 2008, O’Neal había declarado que se retiraría del baloncesto en 735 días, lo que significaba que tras la temporada 2009-10 diría adiós. Sin embargo, se fue a los Celtics un año más antes de decir adiós por Twitter. Dos temporadas ya muy alejadas de su poderoso nivel individual, pero en las que aportó para ambos equipos: 61-21 en Ohio y 56-26 con los Celtics, con los que solo pudo disputar 37 partidos… con un récord de 29-8. Ahí queda eso.

Relación con Kobe Bryant

Son muchos y muy numerosos los adjetivos que han acompañado a Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Pero el tiempo ha demostrado que fue, al final, el respeto mutuo se impuso. Desde el inicio se hizo evidente que Kobe y Shaq eran polos opuestos. El primero, entregado al trabajo y poco dado a las bromas, contrastaba con el segundo, simpático, amigable, parcialmente dejado en cuanto al cuidado de su cuerpo y más abierto que el escolta, que se encontraba continuamente encerrado en sí mismo y mostrando una profunda introspección incluso en su juventud. Shaq, buscando atención, se fue a Los Ángeles, la ciudad de la luz, a recibirla mientras era el centro de los focos y la referencia en ataque del juego rápido, ofensivo y alegre inherente a Del Harris, un buen entrenador de regular season sin éxito en playoffs y que dejó a Harris relegado como asistente de Mavs, Bulls y Nets antes de abandonar la NBA en 2010, con 72 años, 35 de experiencia en los banquillos y el recuerdo de esa oportunidad perdida.

La primera gran disputa entre ambos llegó con Phil Jackson en el banquillo. El técnico nombró a Bryant su general en pista, pero le ignoró para el puesto de segundo capitán, para el que no le consideraba todavía preparado, en favor del ya mencionado Ron Harper. El equipo hizo una temporada extraordinaria, pero pronto el técnico vio como las diferencias entre ambos se hacían evidentes. Uno, criado en la cultura europea (Italia), con una vida cómoda económicamente hablando, hijo de un jugador de baloncesto como Joe Bryant y con una esposa, Vanessa, con la que se casaría con tan solo 18 años en contra de la voluntad de sus padres, estaba motivado por un deseo incesante de ganar hasta “10 anillos“, como aseguraba a sus compañeros por aquel entonces. El otro, abandonado por su progenitor cuando era joven y criado por un militar que Shaq siempre consideraría su verdadero padre, valoraba mucho las figuras de poder como las de Jackson, eternamente respetado por el pívot, pero también tenía una escasa ética de trabajo y un afán por la diversión Kobe no compartía y que incluso le sacaban de quicio. “Es muy inteligente, es un poco nerd. No sale por ahí, no va a clubs, no tunea su coche… Es un chico muy sofisticado. Creo que demasiado maduro para su edad”, definió Shaq a su compañero.

En la primera temporada de Jackson el récord fue de 67-15, el mejor de la franquicia desde el 69-13 de la temporada 1971-72. Sin embargo, ya hubo episodios como el ocurrido en febrero, durante una sesión de vídeos en la sala Southwest Los Angeles Community College, a la que llegaron tras una racha nada positiva. Allí Shaq se levantó y dijo lo que muchos pensaban: “Me parece que Kobe juega de una forma demasiado egoísta como para que ganemos“, dijo el pívot, secundado por sus compañeros, ninguno del cual salió en defensa de un Kobe que se sentó en última fila. Jackson no estaba nada contento: “Shaq necesita y Kobe desea“, escribió en su diario tras una bochornosa derrota por 105-81 ante los Spurs. Poco después, Jackson habló con el escolta: “Supongo que alguna vez querrás ser capitán del equipo“, le dijo. “Quiero serlo mañana“, aseguró Bryant. “No podrás serlo si nadie te sigue“, replicó el técnico.

La temporada acabó bien, con los Lakers venciendo en una remontada histórica en las finales del Oeste a los Blazers con 25 puntos, 11 rebotes, 7 asistencias y 4 tapones de Kobe, incluida el alley oop a Shaq que redondeó la relación entre ambos y que quedaría para la posteridad. Y unas Finales dominadas por Shaq de principio a fin con un cuarto encuentro que supuso el momento de Kobe. El escolta, lesionado, anotó 8 puntos en la prórroga, ya sin un O’Neal eliminado por faltas y dio a los Lakers la victoria, asegurada con un rebote ofensivo que transformó en canasta tras un tiro errado de Briant Shaw. Tras esto, Shaq lo definió como su “pequeño gran hermano. Kobe fue el primero en buscarle tras el pitido final del sexto partido, en una victoria que iniciaba la dinastía.

Los momentos de amor incondicional eran sustituidos con frecuencia con otros de polos opuestos. Tan pronto había una racha que se alababan, como una en la que no se dirigían la palabra. “La lucha del macho alfa“. Así lo definían sus compañeros por aquel entonces. Sin embargo, todo contrastaba con su conexión en pista, sobre todo en playoffs, donde ambos dejaban a un lado sus diferencias para conquistar el anillo. La temporada 2000-01 fue buena muestra de ello: Shaq llegó a pedir el traspaso a Mitch Kupchak, sustituto de Jerry West tras la sorpresiva dimisión de éste en el último verano, a finales de diciembre y después de llegar pasado de peso al training camp y ver cómo Kobe (más de 28 puntos por partido esa temporada) se intentaba adueñar del ataque, parte de la pista en la que había explotado por completo. Sus carácteres, tan distintos, eran también complementarios y ayudaban a aumentar la leyenda de pareja ideal con la que luego fueron tratados. Se compenetraban en pista, como una pareja dentro fuera como había sido entonces la de Stockton y Malone pero con menos asistencias y más anillos. Y en cuanto a la forma de ser, radicalmente distinta: “A Kobe le enloquecía una cosa en relación a Shaq. Necesitaba divertirse hasta en los momentos más serios. Si no se divertía, no quería participar“, afirmaba Rick Fox. El propio Fox añadió esta frase de Kobe: “Llegabas a preguntarte como había sido Kobe de niño. Esa era la cuestión, nunca fue un niño“.

La realidad se imponía en la fase final, cuando ambos ponían la directa cuando se trataba del campeonato. En la 2000-01, Kobe promedió 28,5 puntos, 6 rebotes y 5 asistencias por partido, mientras que Shaq se fue a 28,7+12,7+3,7. Era sencillamente increíble que ambos produjeran casi 60 puntos, 19 rebotes y 9 asistencias por noche, sobre todo cuando estaban prácticamente solos. El único que pasaba de los 10 tantos de promedio en el resto del equipo era Fisher, con 11,5. Y todo, antes de los ya mencionados playoffs del 15-1, con una producción histórica entre ambos. Al año siguiente Kobe hizo 25,5+5,5+5,5+1,5. Y Shaq, 27,2+10,7+3+2. Ambos se llevaron muy bien, y Shaq fue con su compañero a la retirada de su camiseta del instituto, en Lower Merion High School, en la que se fundieron en un largo abrazo. Y en playoffs estuvieron a punto de ser eliminados ante los Kings, pero ambos se combinaron para 72 puntos y 28 rebotes en el sexto partido y 65 puntos y 23 rebotes en el séptimo, en el Arco Arena, para pasar a las Finales. Incluso la 2002-03, eternamente olvidada al no contar con anillo, fue testigo de actuaciones asombrosas (30+7+6 para Bryant en regular season y 27+11 para O’Neal), sobre todo en playoffs, donde el center firmó 27+15 (con un duelo de 34 puntos y 23 rebotes ante los Wolves en primera ronda) y el escolta 32+5+5 con un 40% en triples.

Shaq fue uno de los protagonistas del homenaje póstumo realizado a Kobe Bryant en el Staples.


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Shaq fue uno de los protagonistas del homenaje póstumo realizado a Kobe Bryant en el Staples.

Toda historia toca fondo en algún momento, y a Shaq y Kobe les tocó en la 2003-04. La agresión sexual de Kobe en un hotel de Colorado marcaría el inicio de la temporada y el proceso judicial coparía las portadas de los principales periódicos del país. El escolta pasó de una actitud pasiva-agresiva a una agresiva-agresiva, en la que reaccionaba casi violentamente a todo lo que ocurría alrededor. Y, sobre todo, contra Phil Jackson y Shaq, a los que consideró sus enemigos durante un año en el que formaron una plantilla de videojuego (con Gary Payton y Karl Malone) que se estrelló en las Finales ante los Pistons de Larry Brown (4-1). Antes de eso, los Lakers se enfrentaban a que Kobe sería agente libre y este quería liderar un equipo en solitario, algo que intentó torpemente con unas conversaciones con Mike Dunleavy, entrenador de los Clippers, que no llegaron a buen puerto. Shaq por su parte no se sentía querido, y viendo que su contrato finalizaba en 2006 pidió una ampliación por 2 años y 60 millones. Un precio muy alto por una estrella que empezaba a perder luz y a la que se negó Jerry Buss. Payton y Malone miraban para otro lado, y Jackson, siempre más favorable al pívot, estaba a la expectativa, ya que su contrato también finalizaba ese año. Todo mientras Tex Winter, su asistente e ideólogo del triángulo ofensivo, protegía a Bryant. Una lucha, ya a esas alturas, con bandos muy claros.

Kobe le dijo a su entrenador en el training camp que no estaba dispuesto a aguantar más tonterías de Shaq, y afirmó durante la temporada que no se cuidaba y que una lesión operada de dedo el año anterior había impedido a los Lakers conquistar su cuarto anillo. Las críticas del escolta a su compañero en una entrevista a la ESPN sobre el liderazgo y su irónica respuesta a Jackson durante un entrenamiento, cuando éste le mandó correr y le contestó que sí pero no lo hizo, provocó la tormenta perfecta, alentada por los rumores luego confirmados de que el Doctor Buss se desharía de Phil Jackson al acabar la temporada por petición del propio Bryant después de que el propio técnico pidiera a Mitch Kupchak el traspaso de la estrella. Fue el final de una relación, sentenciada definitivamente en las Finales, que había durado 8 largos años. “En ningún momento de la temporada nos sentimos cómodos como equipo“, afirmó Fisher. Los extremos de la relación entre ambos llegaron incluso al punto de que Kobe no atendía a un periodista si éste había hablado previamente con Shaq. Y viceversa.

Eso sí, antes de la ruptura hubo un hecho muy representativo de lo que fueron como pareja. En el segundo partido de las Finales Shaq atrapó un rebote con tres puntos abajo y los Lakers contra las cuerdas. Nunca nadie había remontado un 0-2 en unas Finales tras caer en casa en los dos duelos iniciales. El pívot, tras coger el balón, se lo dio a Kobe. En la retransmisión en castellano, Antoni Daimiel comentó: “El instinto ha hecho a O’Neal darle el balón a Kobe Bryant. Era al que más lejos tenía, pero él se lo quería dar a Bryant“. El escolta mandó el partido a la prórroga tras tiempo muerto y los Lakers ganaron, pero la fiebre amarilla, que tantos exámenes había aprobado estudiando el último día, nada pudo hacer en Detroit, donde perdió los tres encuentros siguientes y dijo adiós a la dinastía. Shaq se iba traspasado a los Heat, Phil Jackson decía adiós a la NBA por segunda vez en su carrera y Kobe firmaba una extensión millonaria. Los Lakers hicieron su apuesta tras una temporada casi imposible de gestionar. Era el fin de una era.

Estuvimos muchos años pero en realidad no estuvimos nunca juntos”. Era una de las muchas frases de Shaq tras acabar su relación con Kobe, aunque no fue la más adecuada, como reconoció posteriormente. La enemistad fue la joya de la corona de la NBA, que explotaría la mala relación programando para Navidad un partido entre Heat y Lakers las siguientes temporadas. El primero, en el retorno del pívot a un Staples enforvecido con su vuelta, se saldó con victoria para los Heat a pesar de los 41 puntos del escolta, que aplaudió a su ex compañero cuando fue presentado pero luego apenas le saludó, algo mutuo. Jamás un partido de Navidad tuvo tanta audiencia: 13 millones de espectadores. “No saludo a Kobe porque no tengo nada que decirle. Soy un hombre casado, no necesito empezar una relación con otro hombre ahora“, afirmó poco después. Antes del encuentro, ya había respondido a numerosas preguntas sobre el tema: “Si ves un Corvette que avanza hacia un muro de ladrillos a toda velocidad, ya sabes lo que va a ocurrir. Kobe es el Corvette, yo soy el muro de ladrillos”, zanjó.

A pesar de sus peleas y contradicciones, Shaq y Kobe formaron una de las mejores parejas de la historia de la NBA.


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A pesar de sus peleas y contradicciones, Shaq y Kobe formaron una de las mejores parejas de la historia de la NBA.

Fue la tónica tradicional de la relación entre ambos, aunque siempre fue el pívot el que más se mojó en la discusión. Tras ganar el anillo en 2006, Kobe tuvo que soportar el sainete de que no podía ganar sin O’Neal, algo que para él fue como una tortura china. Phil Jackson, que regreso de nuevo para la 2005-06, se encargó de reconciliar a ambas estrellas, que firmaron finalmente la pipa de la paz en el All Star del 2009, cuando el técnico se reunió con sus dos jugadores fetiche (Jordan al margen). El MVP conjunto supuso la nueva unión de un Shaq que vivió su última gran temporada de esplendor individual con los Suns (17,8 puntos y 8,9 rebotes) antes de pasar por Ohio y Boston buscando un quinto anillo que nunca llegó. Kobe por su parte tuvo que esperar al mismo año, 2009, para ganar un nuevo título y reconciliarse definitivamente con su entrenador.

Eso sí, la rivalidad de Shaq y Kobe no finalizó del todo hasta la retirada del último y, ya de manera definitiva, con su desgraciada muerte. Antes, diversos zascas por Twitter o declaraciones cruzadas tuvieron lugar, aunque fueron mucho menos numerosos. Cuando superó a Jordan en puntos, el escolta afirmó que sin Shaq habría llegado a los 40.000, algo que no gustó al pívot, ya alejado de las canchas. Eso sí, la madurez, esa que siempre muestra la mejor cara de los jugadores sobre todo cuando están al borde de la retirada, dio, sobre todo a Kobe, un perfil más amigable. De hecho, ese chico al que sus compañeros no aguantaban desapareció para dar lugar a un hombre curtido, admirado y querido.. Para la historia también queda ese último encuentro en el Staples ante los Jazz, cuando fue a abrazarse con Shaq tras anotar una de las últimas canastas de un duelo que finalizó con 60 puntos.

O’Neal definió así este cambio y mencionó a otro hombre que intermedió en la reconciliación: “Tengo órdenes del gran Bill Russell. Estuvimos hablando el otro día en Seattle y me explicó cómo afrontar las rivalidades. Me dijo que nunca había tenido problemas como los que yo he tenido y que tenía que enterrar el hacha de guerra con Kobe, estrecharle la mano y dejar las cosas en el pasado”. Y los increíbles halagos de los dos últimos años han sido más que repetidos. En una ocasión dejó claro que el escolta era el mejor compañero que había tenido en su carrera: “El compañero más feroz y más competitivo que he tenido ha sido Kobe Bryant. El más rabioso, el más ganador. La verdad es que pasamos más momentos buenos que malos juntos“, reconoció. Su insistencia para que no se le infravalorara tras su retirada y que estuviera en el debate por ser el mejor jugador de la historia, así como las lágrimas derramadas por su pérdida, dejan claro que el amor se impuso al odio en los últimos años, y que ambos, sobre todo el pívot, le daban un balance positivo a sus 8 años juntos.

Si son o no la mejor pareja de siempre es difícil de discernir en un mundo como el de la NBA, donde toda opinión es válida entre tanta estadística, todo el mundo acierta y, al final, todos nos equivocamos. Lo que sí está claro es que Kobe y Shaq marcaron un antes y un después en la historia de los Lakers, que cogieron el vacío dejado por Jordan y lo llenaron con creces, consiguieron números históricos que pocas veces se han visto en otro dúo y ganaron tres anillos, la última vez que se consigue un three peat en la competición y dejaron tras de sí una relación iniciada con altibajos, tornada en odio y finalizada en amor. Una perfectamente definida por la mejor frase que se ha dicho jamás de Kobe y que fue pronunciada precisamente por ese archienemigo que acabó siendo su amigo y, en última instancia, también su hermano: “Kobe Bryant es mi héroe“.

Mucho más que una estrella

El carácter de Shaq ha sido desmembrado y analizado en numerosas ocasiones, pero siempre para llegar a similares conclusiones. El jugador, ahora analista de la TNT, es un hombre que siempre va de la mano de la broma y que cuadraba muy bien con la farándula y la parafernalia inherente a la NBA en general y a Los Ángeles en particular. Su buena relación con Jack Nicholson era un hecho y se acordó tanto del fan acérrimo de los Lakers como muchos otros aficionados ilustres el día de la retirada de su camiseta, entre los que se encontraba Adam Sandler, amigo personal con el que ha participado en más de una película. Su buena relación con los aficionados contrastaba con un carácter más bien frío en pista, que casi nunca se acercaba a sus compañeros para juntar las manos tras un tiro libre, ya fuera él el lanzador o el jugador que esperaba para atrapar el rebote. También sus bailes previos a los All Stars o su eterna sonrisa en determinados momentos causaron furor entre los aficionados, siempre muy proclives al pívot. En rueda de prensa, mezclaba momentos realmente jocosos con otros más serios sin pudor, aunque en su posición de analista se ha inclinado definitivamente por lo primero.

En la carrera de Shaq ha habido más situaciones en las que se ha demostrado cómo era su carácter. En la pretemporada que precedía el curso baloncestístico 2000-01, Shaq regaló un rolex a todos los miembros de la plantilla, incluso cuando muchos de ellos no iban a seguir con el equipo, otra muestra de su carácter. También se supo que le ofreció a Isaiah Rider 10.000 dólares para que se uniera a él contra Kobe. Una de cal y otra de arena. Esa misma campaña, Shaq anotó 44 puntos y atrapó 21 rebotes en el primer partido de las Finales, pero Allen Iverson se fue a 48. Phil Jackson, que utilizaba como nadie el juego psicológico, dejó caer alguna perla que daba a entender que a Shaq, que había acabado con 0 tapones, le daba miedo Iverson, de 1,83 y que había anotado muchas penetraciones sin oposición. La mera insinuación enfureció a Shaq, que se fue a 8 tapones en el segundo partido (el peor de Iverson en esa serie, con 23 tantos), récord de las Finales hasta los 9 de Dwight Howard en 2009. Y no se quedan ahí los detalles de Shaq: en 2004, pidió a Jerry Buss una extensión de 60 millones en dos temporadas a las que el mandamás, más proclive a Kobe y considerando la petición excesiva, se negó. En el training camp, Shaq realizó un mate espectacular y, tras ello, se giró hacia el dueño: “¿Me piensas pagar ahora? Así era el jugador.

O’Neal se convirtió en la fuerza más dominante y con mayor presencia de la NBA con 2,16 de estatura y 147 kg de peso en sus mejores temporadas que se iban a 163 a partir de su etapa en Miami. Su movimiento más característico era el drop step, que consistía en recibir el balón y girar sobre sí mismo para hacer un mate. La efectividad de esta jugada contribuyó a que se convirtiera en uno de los jugadores con mejor porcentaje de aciertos en tiros de campo de la historia de la NBA, liderando la Liga en ese aspecto hasta en 10 ocasiones. Anotó un triple durante toda su carrera (ante los Bucks, cuando jugaba en Orlando) y tuvo una visión de juego privilegiada para un pívot de su tamaño y que mejoró notablemente con Phil Jackson a su lado. Otra característica de su estilo era que se basaba solo en el uso de su mano derecha independientemente de hacia dónde se girara en el poste. Era muy raro ver a Shaq utilizar la izquierda para anotar y solo se observaban cosas así cuando se trataba de un rebote ofensivo. Su mejor partido, por cierto, fue ante los Clippers, el 3 de marzo del 2000, día que cumplió 28 años inmerso en la mejor temporada de su carrera: 61 puntos, 23 rebotes y 3 asistencias.

Así era Shaq, que antes de ser un analista polémico con opiniones sesgadas que han enfadado, en ocasiones, a los jugadores actuales (que le pregunten a Donovan Mitchell) fue un jugador absolutamente generacional. Hoy mezcla luces y sombras y se ha basado en ese uso televisivo que marca el ritmo de la opinión pública y del que la NBA ha bebido como si tuviera mucha sed. Pero ayer dominó una competición con todavía muchos hombres altos clásicos, de los que estaban permanentemente en la zona y no se iban al exterior para lanzar de tres, dar asistencias o incluso dirigir el ataque. Una perla para los puristas, que siguen argumentando eso de que en la actualidad nadie sería capaz de defenderle, un debate irrisorio que solo vale para alimentar discusiones cada vez más fútiles. En toda esa marejada de opiniones ingentes se ha movido siempre un jugador objetivamente bueno, que anotó 28.596 puntos en su carrera (octavo de la NBA), fue 15 veces All Star, Rookie de Año y 4 veces campeón. Ya lo decía Andrés Montes: “La ley marcial. El artículo, Daimiel. Hago lo que quiero, cuándo quiero y cómo me da la gana”. Esa era la mejor manera de definir a uno de los mejores jugadores de la historia. Toda una leyenda. La de Superman.

El artículo 34: hago lo que quiero, cuándo quiero y cómo me da la gana

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Shaquille O’Neal, la leyenda de Superman

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